Escrito en octubre del año pasado, corregido y recortado, porque algunas líneas eran ilegibles.
Sentado frente a la roca, permanece en silencio, analizando un paisaje oculto detrás del lejano horizonte. Su pelo cae sucio sobre la cara llena de mugre, pero a él (o ella, no viene al caso) no parece importarle demasiado. El cuerpo menudo se hace más flaco a medida que asoma la mirada de ojos oscuros y parpadeantes a la dura piedra. Una sonrisa cargada de esperanza se vislumbra entre el sarro acumulado.
Y es entonces cuando empieza a soplar.
Primero, lo hace como si tuviese vergüenza, como si aquel acto de humana curiosidad no pudiese pertenecerle. Pero, a medida que los soles se suceden, el soplido va tomando fuerza, impulsado por una necesidad extraña de poder levantarse victoriosa por encima de la sólida permanencia.
Sopla, sin importar que a su alrededor la lluvia cale hondo en las almas. O si los pasos a su alrededor se hacen confusos. Puede que el tiempo se congele, que la vida estalle en llamas. No le importa, o piensa que no debe importarle. Y por eso sigue. Sin ceder ante la ortodoxia, lo inexpugnable e indivisible.
Cada tanto deja de soplar, sonríe y mira hacía sus espaldas. Todo está como antes, y eso le sirve de motivación, para hacer de su soplido una fuerza constante en contra de esa piedra firmemente establecida frete a sus ojos, que hasta bizquean por lo mucho que se acerca.
Sigue, en su silenciosa guardia, hasta que cae la noche de un vertiginoso día.
Se respira un aire inquieto, de miradas extrañas, cargadas de sustos y susceptibilidades. Un aire de tormenta. Le gustan esos aires, porque le ayudan en la tarea de soplar contra la maldita piedra que espera frente a ella. Se da cuenta de la inminencia de lo inevitable.
Cuando navajas de luz cortan la noche, ve, entre las gruesas gotas que caen, un ínfimo atisbo de esperanza, que salta desde la piedra y cae al piso, apenas perceptible. Rápida, ágil, toma el grano de arena entre sus curtidas manos (sobre algo tenía que apoyarse para soplar con mayor comodidad) y sale corriendo en busca de un oído amigo que comprenda.
Corre feliz, llena de alegría. Corre y salta en los charcos, disfrutando de una victoria que ni ella puede comprender, pero que esta ahí, intangible en su mano. Alcanza una mirada interrogadora. LE alcanza y le muestra la palma de su mano sucia, llena de ampollas, y sonríe.
- ¿Lo ves? – le pregunta.
- ¿Si veo qué? – le espeta la voz que surge dentro de un rostro oscuro como el cabello que se le pega en la frente, y que a duras penas admite un contorno.
- El grano, bolu. El grano – se entusiasma.
- ¿Qué grano? Deja de joder, che, que hay que buscar refugio que este chaparrón pinta para rato largo.
La sentencia final cala en lo más profundo de su alma, como si su piel hubiese perdido la permeabilidad ante la lluvia que cae. En las heridas del cielo se pueden ver la luz que brota y desaparece, retazos de una imagen perfecta hecha de trazos desprolijos e irregulares. Con tristeza, su mano se abre y el grano de arena se pierde en los ríos que se forman en las cunetas.
En esas aguas negruzcas corren también sus lágrimas, productos de la rabia ante los oídos mudos, y las nubes doloridas tapan sus gritos con truenos salidos desde la memoria de la memoria misma. Llora por impotencia, ante las piedras que parecen sonreír entre penumbras. Llora por el rostro de ojos interrogadores que, sin contorno, decide guarecerse de la lluvia antes de contemplar el producto de la paciencia.
Así como lloran sus ojos, como sangran sus manos curtidas por la espera y su garganta reseca de tanto soplar, lloran otros tantos, que vuelve a las piedras donde plantaron su muda batalla, cuyo producto fue ese grano de silencio, bajo la lluvia fría de la desmemoria.
En las calles, a la mañana, el tiempo pasará igual, mientras en esquinas oscuras algunos seguirán soplando, sin importar las horas, los soles que se sucedan y el espectáculo de las estrellas que puedan perderse en las mañanas encima de sus cabezas. Tienen la misión de abrir sus piedras, para mostrarle a los demás que entre todos es posible hacer arena.
jueves, febrero 07, 2008
Soplar
escrito por Matías Orange por'ai, cerca de las 1:27 p. m. 0 sorprendidos por semejante idiotez
una caradureza llamarlo anda a saber..., cueck, relato, sacado del cajón
Chronicles
Otra de las pelotudeces que escribí para Andrés, esta vez en inglés y bueh... El que quiera corregir que corrija, no soy muy bueno en estos temas...
Chronicles
In every brick of the walls
You can hear the history
Whispering trough years,
Wars, calendars and memory.
There is a city, on a epic land,
Beyond the frontiers of continents
Where the blood calls the duty
Of men, to defend their homes
All What I know from that
Are the pages of a forgotten book
Lost in the bookcase’s dusty shelf,
Forgiven in the corner of my room.
The delicate sound of a violin
Breaking the war’s scream
Just for a momentary lapse
Of reason between all the madness.
Bullets taking all the lives,
Requiem of a city’s ruins.
In the walls are wrote
The Chronicles of the storm.
escrito por Matías Orange por'ai, cerca de las 1:21 p. m. 0 sorprendidos por semejante idiotez
una caradureza llamarlo anda a saber..., cueck, literatura, poesía, sacado del cajón
miércoles, febrero 06, 2008
Luna
En fin. Otra cosita que me había hecho escribir Andrés, el compa del laburo, para su proyecto de música.
Hoy me crucé con los perros con cadenas de vuelta y bueh, yo posteo por las dudas, no vaya a ser que tantas cadenas golpeando al asfalto sea un mensaje o un llamado
Luna
En las avenidas hay esquinas
En donde la pandilla escabia
Y dejan pasar a los locos,
Boludos ambos en sus babias.
La noche es implacable
En eso de contar estrellas.
Todas las gargantas aullen
Con voz podrida y lastimera.
Lobos sueltos recorren las
calles por las noches gritando
“que ay! de mi, que ay! de vos
y tu camisa al aire flameando”.
Atacan los perros asi nomás
No justifican a nadie y matan.
¿Importa otra cosa o qué?
Todo lo que hay es pegar y rajar.
La luna es una extraña
Influencia en forma de dama
Que te persigue y alcanza
Y te tira, sin más, en la cama.
escrito por Matías Orange por'ai, cerca de las 11:28 p. m. 0 sorprendidos por semejante idiotez
una caradureza llamarlo cueck, literatura, poesía, sacado del cajón
sábado, febrero 02, 2008
Calla
Escrito en octubre del año pasado.
Calla.
Hay una fría noche que destemplada espera afuera una injuria concebida hace tiempos inmemorables ya. Las rocas se hacen arena y las lagunas mares al tiempo que nos abalanzamos sobre un espectro de intrascendencia que alberga todo cuanto conocemos y negamos
Somos sombras de sombras, un atisbo de negación entre lo callado y lo admitido. Estamos dentro del limbo de la conjura y el destierro, a la espera de que las horas corran, sin sentido, sin propósito, hacía donde nace todo aquello que nos forma y nos da cobijo.
Calla.
Debajo de la luz pálida y vergonzosa de las estrellas, una ciudad de lienzos indescriptibles y de bocas que callan espera también, el paso de un visitante que llega de tanto en tanto, precedido por un sonido apenas audible, sobre todo ante la intransigencia de los muros de piedra que sostienen todo aquello que muchos contemplan como verdades inapelables.
En sus calles hay cierto aire de desidia y desconfianza. Todos juntos forman un gran silencio, de voces expectantes y de rostros susceptibles ante los vientos que corren. ¿Hay cambio? ¿Hay llegadas? Se miran unos a otros, y nosotros aquí, detrás de esta esquina, vemos que detrás de los vidrios oscuros que ocultan sus ojos hay una triste aceptación de la derrota impuesta por vaya a saber uno quien.
En otros lados, hay vestigios de fiestas, de masas que se mueven, con el furor latiendo dentro de sus mentes e impasibles por el hombre que clama desde la venas en donde la sangre de todos se cruza. Hay caminos que nos conducen hacia una condena pendiente sobre nuestras cabezas. Algunos ojos elevan su vista y ven en las cadenas inexpugnables murallas ante sus intrascendentales caminares, pero las reconocen como medallas a los logros que jamás se acontecen.
Calla.
La multitud festeja la victoria, lamenta sus derrota, llora sus pérdidas, pero no reacciona ante su muerte, más que con las largas marchas de condenados que se suceden en las calles cargadas de vidrios oscuros y mentes de sonidos aturdidores.
Frente a ellos y a sus espaldas, hay una ciudad oculta que ruge de furia, que nos pertenece a los que, desde las esquinas filosas de la memoria, daremos batalla al fallecimiento mundano de los oídos insensibles cubiertos de polvo.
Calla, que el viento llega, y será el momento, cuando cruce en el corazón mismo que te cubre y llora los cruces de infamias con desidias, de amanecer y dejar traspasar la luz de los nuevos despertares, frente a las derrotas que tantos parecen haber aceptado.
escrito por Matías Orange por'ai, cerca de las 4:55 p. m. 0 sorprendidos por semejante idiotez
una caradureza llamarlo cueck, literatura, sacado del cajón
Aleph
Escrito a pedido de un compañero de trabajo, un par de meses atrás.
No hay atisbo peor de locura
que aquel que habla mal del demente
y que permita ver entre escalones
el futuro, el pasado y el presente.
Estar en todos lados
y sentirse ausente a todos
son condenas a versos apócrifos
reflejados mil veces en llanto.
La arquitectura del espejo
hacen mil sueños de un rostro
y así como fantasmas son los otros
no sabemos si es nuestro un reflejo.
El inicio, el medio y el final,
en todos los recónditos lugares
en todos los imperecederos tiempos
incluso en pesadillas que son infernales.
Tras la escalera puedo encontrar
todas las puertas o una sola
que baja del ocaso al aurora
y al infierno parece remontar.
Ahí estoy yo
Aquí esta él
El fantasma es y sé
que no hay nada
n dentro ni fuera
del laberinto eterno
de las noches ciegas
escrito por Matías Orange por'ai, cerca de las 4:54 p. m. 0 sorprendidos por semejante idiotez
una caradureza llamarlo cueck, literatura, poesía, sacado del cajón
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