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martes, febrero 19, 2008

Desfasaje

Una flor naciendo en su espalda,
al pie de un cuello que se erige
como piedra fundamental de todas
las tentaciones y del lienzo que contiene
todas las sensaciones que se despiertan
tiempo después, mucho tiempo después,
c
cuando de ellas no quedan más que una flor
naciendo en donde los besos se fusionan
con tantas imagenes y con suspiros mal disimulados.

Un cuadro corriendo fuera de la pared que lo contiene.
Un fotograma ajeno al celuloide
remite al desierto que contrasta
tu piel con el rojo infierno debajo de tu nuca,
tan accesible a la vista como ajeno
a las intenciones de hacerte nuestra,
dentro de esta carcel sustentada
en saberse preso de tu imagen
congelada, de espaldas,
mostrando una imagen de locura,
anónima y ya extinta,
aunque constante en mi memoria.

Un último recuerdo
de un enero que desfallece
para siempre en un remolino
de negaciones y lamentos.

Tu rosa,
grabada en el dolor de tu mirada
es el hilo que conduce todo a estas letras
ya sin sentido y que a nadie importan.
Despiertan las praderas del ensueño
en tu primavera eterna
grabada en la columna que te sostiene.

Ponele

Flamante en el danzar estelar,
recortada en la nada que todo lo abarca,
una caricia plena en visiones
sube recortandose entre el telón nubloso
de una noche confusa y de colores
estampandose en la retina
con la dureza de la cementosa pared
que busca extenderse debajo de mis pies
y dejarme ver destellos lejanos
de una historia inconclusa
escrita para no leerse sino vivirla.

Ponele, que estaba en pedo
y que me rompí la jeta con la pirca de casa.
Ponele, nomás.


Las gotas de un futuro tomando forma
en letras de cartas jamás escritas,
y en esperanzas consideradas perdidas
que corren sin sentido de derrota
para morirse en una laguna de impiadosa acidez
que carcome, al fin, el cuero de los pies laborantes.

Ponele, entonces
que quise hacer pis contra el arbol
y me termine meando la pierna.

Ponele nomas
que todo lo que se dice es sólo
una pequeña parte de la realidad
y que las palabras disfrazan
hasta el vestigio más hermoso
de las sonrisas silenciadas.

miércoles, febrero 13, 2008

Piedras

Quiero encontrara
la manera de decir
que algo no anda bien
y que no suene tan
gay
("guei", se pronuncia)
como decir:
"ay!, todo mal";
ni tampoco tan
heavy
(jebi, pa' la muchachada)
como:
"saltó a la remierda".

Ojo,
que no quiero
decir que no pueda escribir
una frase solemne al estilo de:
"Hay en el dolor de silencio
la herida latente de tus labios
cerrados y tus ojos llorosos".
Sólo que para solemnidades
bastan ciertas fechas
de marketinera inminencia.
So, fuck'em.

Está en la forma,
no en las palabras
¿que forma tiene el dolor?
¿como escribir "silencio"
no sólo con las palabras
sino también con todo lo demás?
los espacios, los versos, los signos
el formato....

Todo al fin,
se pierde
y solo queda decir
write it
and press "publish",
porque sino
la cagaste.

Tropezaste, y otra vez
volver a empezar.
Estoy harto de loops interminables

Pesadillas de azufre dentro de mi maletin.

Caminar por el boulevard,
en febrero y a eso de las diez de la noche,
a uno le da frío, ya,
como si el verano se hubiese batido en retirada,
caótica retirada entre praderas inflamables,
pero olvidandose de quemarlas.

Sí,
tanto así.

En la conciencia
grabo los rostros de una multitud errante,
un río que cae
con lentitud
hacia la represa.
¿Hay libertad en ese cauce
de ojos azules, anteojos negros
y caderas que enamoran
a los flojos de corazón?

Levanta la vista, che pibe.
Que no te lleve la vida puesto
por delante,
que vai a terminar
vaya uno a saber donde,
preso entre escotes
y las piernas
de esquinas imprecisas,
que se duermen en las noches.

No hay promesas,
te terminás dando cuenta de eso,
entendes?.
La única certeza que tenés
es que las agujas corren,
las hojas se caen,
y seguís parado bajo el mismo cielo,
solo que moteado de diferentes nubes.

Ah!
me olvidaba.
Y estate seguro
que por más que laves
hay sangre
que de tus manos
no se van.
Eternas,
en las cicatrices
que se tejen
sobre tus brazos,
quedan las marcas
de lo que querés callar
pero no podés.

Microcuento

- ¿Por qué estas sagrando? - le preguntó.


(inspirado por "sigo esperando la llegada del idiota")

lunes, febrero 11, 2008

Poesía


Esto es poesía, Miguelon. Es cierto. No lo escribí yo, ni lo dibujé, ni nada. Pero hubiese dado mi mano para poder hacerlo. Uno se da cuenta que está ante eso, ante verdadera poesía, cuando piensa que dar la mano para poder escribirlo, hacerlo o dibujarlo, es quedarse corto.

Seguí con tus nicks, que yo sigo pensando que anda tan mal por todos lados.

Ritmo

Es una lanza,
sostenida por vibraciones
invisibiles
inaudibles
intocables
que la mantienen
encima del caos
suscitado por una ola
sobre la playa.

Acercarse
y recorrer un barrio
entre gestos
tan parecidos
tan diferentes
ten unicos
pensando que un paso
es el comienzo de un circulo
en donde nos detiene
el final
con un punto.
Así.

Los aromas y los sonidos
nos marcan, y
hoy quisiera
sentir como todo
me marca,
susceptible a los deseos.
Así. Como hoy.

intitulado 11.02.08

Hay algo que no encaja.
Simplemente,
lucha por salir del molde
y romper
con todo lo que se da por sentado,
pero que desea
sea de otro modo.
Ese modo que tus tripas indican.

Una silla vacía
habla tanto como
el sol que destroza
las sombras ocultas
entre las ventanas
sucias, húmedas y cerradas
de los abandonos.
Tan cerca, pero tan lejos,
las respuestas generalmente
se encuentran donde
sabemos que estan,
pero no podemos llegar.

Todo se termina yendo
al carajo, ponele, por decir algo
pero las tripas
testarudas y rompebolas, sin duda
te dicen
que ahí están
en el mismo lugar que al comienzo,
y pensás
como si de descubrir América se tratase
que siempre todo es principio,
aunque estés leyendo
la ultima página
de un libro que no sabés
si es nuevo o viejo
o usado
que está en blanco
pero con trazos ya escritos.

jueves, febrero 07, 2008

Últimos días

Un dragón ruge en tu espalda.
Preso, acá, contemplo
el fuego tomando forma
en un arco inexistente,
gritando tu belleza a oídos
que desean escucharte
pero no comprenderte.

Separé ese pedazo tuyo
que pertenecía a un lugar
más terrenal que mi retina,
pero lo perdí en los vaivenes
de las despedidas, las estocadas
y los olvidos.
Hoy me aquejan otras pequeñeces
tan ajenas a vos como a mí lo es
el misterio oculto detrás de la tinta
cubriendo tu piel,
haciéndote tan esencial,
tan común a todas las necesidades.

Mi corazón arde,
y por eso me acuerdo de sus fauces,
del circulo que describe y de la definición
que de vos hace.
Mi corazón arde
ahí en donde las aguas no pueden apagarlo.

Soplar

Escrito en octubre del año pasado, corregido y recortado, porque algunas líneas eran ilegibles.


Sentado frente a la roca, permanece en silencio, analizando un paisaje oculto detrás del lejano horizonte. Su pelo cae sucio sobre la cara llena de mugre, pero a él (o ella, no viene al caso) no parece importarle demasiado. El cuerpo menudo se hace más flaco a medida que asoma la mirada de ojos oscuros y parpadeantes a la dura piedra. Una sonrisa cargada de esperanza se vislumbra entre el sarro acumulado.

Y es entonces cuando empieza a soplar.

Primero, lo hace como si tuviese vergüenza, como si aquel acto de humana curiosidad no pudiese pertenecerle. Pero, a medida que los soles se suceden, el soplido va tomando fuerza, impulsado por una necesidad extraña de poder levantarse victoriosa por encima de la sólida permanencia.

Sopla, sin importar que a su alrededor la lluvia cale hondo en las almas. O si los pasos a su alrededor se hacen confusos. Puede que el tiempo se congele, que la vida estalle en llamas. No le importa, o piensa que no debe importarle. Y por eso sigue. Sin ceder ante la ortodoxia, lo inexpugnable e indivisible.

Cada tanto deja de soplar, sonríe y mira hacía sus espaldas. Todo está como antes, y eso le sirve de motivación, para hacer de su soplido una fuerza constante en contra de esa piedra firmemente establecida frete a sus ojos, que hasta bizquean por lo mucho que se acerca.

Sigue, en su silenciosa guardia, hasta que cae la noche de un vertiginoso día.

Se respira un aire inquieto, de miradas extrañas, cargadas de sustos y susceptibilidades. Un aire de tormenta. Le gustan esos aires, porque le ayudan en la tarea de soplar contra la maldita piedra que espera frente a ella. Se da cuenta de la inminencia de lo inevitable.

Cuando navajas de luz cortan la noche, ve, entre las gruesas gotas que caen, un ínfimo atisbo de esperanza, que salta desde la piedra y cae al piso, apenas perceptible. Rápida, ágil, toma el grano de arena entre sus curtidas manos (sobre algo tenía que apoyarse para soplar con mayor comodidad) y sale corriendo en busca de un oído amigo que comprenda.

Corre feliz, llena de alegría. Corre y salta en los charcos, disfrutando de una victoria que ni ella puede comprender, pero que esta ahí, intangible en su mano. Alcanza una mirada interrogadora. LE alcanza y le muestra la palma de su mano sucia, llena de ampollas, y sonríe.

- ¿Lo ves? – le pregunta.
- ¿Si veo qué? – le espeta la voz que surge dentro de un rostro oscuro como el cabello que se le pega en la frente, y que a duras penas admite un contorno.
- El grano, bolu. El grano – se entusiasma.
- ¿Qué grano? Deja de joder, che, que hay que buscar refugio que este chaparrón pinta para rato largo.

La sentencia final cala en lo más profundo de su alma, como si su piel hubiese perdido la permeabilidad ante la lluvia que cae. En las heridas del cielo se pueden ver la luz que brota y desaparece, retazos de una imagen perfecta hecha de trazos desprolijos e irregulares. Con tristeza, su mano se abre y el grano de arena se pierde en los ríos que se forman en las cunetas.

En esas aguas negruzcas corren también sus lágrimas, productos de la rabia ante los oídos mudos, y las nubes doloridas tapan sus gritos con truenos salidos desde la memoria de la memoria misma. Llora por impotencia, ante las piedras que parecen sonreír entre penumbras. Llora por el rostro de ojos interrogadores que, sin contorno, decide guarecerse de la lluvia antes de contemplar el producto de la paciencia.

Así como lloran sus ojos, como sangran sus manos curtidas por la espera y su garganta reseca de tanto soplar, lloran otros tantos, que vuelve a las piedras donde plantaron su muda batalla, cuyo producto fue ese grano de silencio, bajo la lluvia fría de la desmemoria.

En las calles, a la mañana, el tiempo pasará igual, mientras en esquinas oscuras algunos seguirán soplando, sin importar las horas, los soles que se sucedan y el espectáculo de las estrellas que puedan perderse en las mañanas encima de sus cabezas. Tienen la misión de abrir sus piedras, para mostrarle a los demás que entre todos es posible hacer arena.

Roce

Cerca de mi piel
siento todos los sentidos
despedirse
y tus caricias
son tan sólo
anhelos
y una lista de sinónimos
repetidos hasta el hartazgo.

Puede que hoy
pida por algo
más clemente que el olvido,
pero que me ahorre
todas las despedidas
que no estoy dispuesto a dar,
porque olvidar
es decir adiós,
pagar,
apagar la luz,
cerrar la puerta y no volver
atrás la mirada.

En los límites
disfrace las palabras ya una vez,
y me conforta verte allá,
ajena al valle desolado que me rodea,
sin comprender los gritos
que luchan por salir
y que mi piel a duras penas
contiene.

Bastaría tan sólo
arriesgar una palabra
para despertar aquello
que tardará años
en dormirse.
Todos intuimos
hasta que punto
somos capaces.
El tema es llegar
alguna vez ahí
y no animarse a cruzarlo.

Chronicles

Otra de las pelotudeces que escribí para Andrés, esta vez en inglés y bueh... El que quiera corregir que corrija, no soy muy bueno en estos temas...


Chronicles

In every brick of the walls
You can hear the history
Whispering trough years,
Wars, calendars and memory.

There is a city, on a epic land,
Beyond the frontiers of continents
Where the blood calls the duty
Of men, to defend their homes

All What I know from that
Are the pages of a forgotten book
Lost in the bookcase’s dusty shelf,
Forgiven in the corner of my room.

The delicate sound of a violin
Breaking the war’s scream
Just for a momentary lapse
Of reason between all the madness.

Bullets taking all the lives,
Requiem of a city’s ruins.
In the walls are wrote
The Chronicles of the storm.

miércoles, febrero 06, 2008

225

Hoy quisiera ensayar unas palabras inolvidables.
Algo así, que te marque en el primer momento,
te agarre y no te suelte.
Mis preferidas dicen:
“El hombre de negro huía a través del desierto,
y el pistolero iba en pos de él”.

Leer sentencias así me destroza.
Genialidades ajenas que hubiese deseado
haberlas trazado yo.

A mí derecha hay un mueble.
Una estantería, bah, en donde
esta el pequeño cosmos
que me identifica de a partes.
Veo los tomos amontonados
en un desorden que es costumbre
y veo todas las piezas de mi
rompecabezas mezclarse.

Es una parte, eso sí.
La otra, son los discos guardados
en las cajas que no les corresponde.
Esto que escribo es, en parte,
un regalo de los recuerdos,
de mensajes guardados en el celular,
y la voz de Till Lindemann
rugiendo
“las aguas profundas no se calman”

tiefe wasser sind nich still, dice
para ser exactos.

Quisiera escribir algo que haga decirles
“la puta, mira lo que escribe este chabón”,
pero no sé. No me animo o no me sale.
Ensayar solemnidades es un pecado el cual
no me animo a cometer.

Miro mi ensayo de biblioteca y pienso
todas las palabras que preceden estas,
los cimientos sobre los cuales
se erige este mundo insostenible.
Elijo al azar una portada y dejo
que ella hable por mi.
Yo, también, escucho.

martes, febrero 05, 2008

intitulado 05.02.08

Aca estoy.
¿Me puedes ver?

¿Me puedes oir?
¿Me puedes sentir,
bajo el velo de los sueños
compartidos
que nos desvela?

¿Me puedes tocar?
¿Me quieres acompañar
en estas apuestas arriesgadas
donde jugamos algo más
que las palabras destinadas al olvido?

¿Podrás recordarme
y desvelarte
como las páginas
que escribimos
lograron hacerme
contemplar el techo
hasta que pude decir
"sin dudas, me juego.
arriesgar en todo caso
nunca esta mal"?

¿Podrás recordarme
tal cual era,
ahora que me preceden
mis palabras
y la cara que se desvela
entre los placeres
vedados
de los sueños?

Sí,
a vos,
que sos musa
aunque no lo sepas.


Soundtrack: Rammstein - Ich Will | Limp Bizkit - The One





lunes, enero 28, 2008

intitulado 28.01.08

Dejo
en las noches de verano
que
Pink Floyd escriba por mi.

Hoy siento
que hay
una puerta
ahi en
la nada
colgando de
un hilo
invisible frente
al mar
que se
agita en
la melena
transparente de
las agujas
del reloj
y de
las otras
no sé.

Dejo que la musica
esta saque lo mejor de mi
y le ponga melodia a las palabras
que mueren detrás de las teclas.
Por eso es
por eso
que solo siento
que puedo escribir
asi
escuchando al tiempo
formarse en himnos
ajenos al paso
de las notas que lo conforman.

Hay una puerta
y un cartel
exit salida o algo asi
es pasarla y sentirla atras
cerrada
y con una mota de polvo curtiendo la piel de madera.
ahi
si te digo
es definitivo
bye bye
adieu
auf wiedersehen


improvisado en lo de miguelon

miércoles, enero 23, 2008

Intitulado 23.01.08

Soñé
con el embrujo alucinante
de tu entrepierna salteña
y la dulzura de tu voz
acariciandome.
Soñé
hace ya no se cuanto
con tu dorada figura
de encanto angelicales.

Pero fue.
Un sueño que se sueña
ya es caduco
y pasa a formar parte
de un recuerdo inexistente
porque
es obvio
no fue.

Hoy hay
asi como te digo
un punto
luz, tal vez,
brillando en la noche
eso se llamaria, entonces, estrella
pero no es estrella, no señor.
Las estrellas no duelen
al menos que sean
en dibujos animados, y esta
duele
la puta si duele
es mirarte pasar y hablarme
y no poder decirte
que soñe con tu voz
y tus piernas
y el embrujo de tu figura,
alentadas y creadas
por el murmullo lejano
del ventilador.

Bar de Ruta

La pregunta, en ese lugar y en esa situación, y encima tirada a boca de jarro, no parecía estar más desubicada. Es más, hasta pestañeó un par de veces y pidió, atragantado por el pedazo de pan con milanesa que bajaba por un lado y la necesidad de hablar, que subía en dirección contraria, que le repitiera la pregunta.

- ¿Por qué en tus historias nadie se chamuya a nadie?

No, no había sido un murmullo raro en donde el ventilador confundía las palabras para jugarle una bizarra broma. Esa extraña pregunta, esa pregunta que nadie le había hecho y que él jamás hubiese intuido se fuera a dar en su presencia, había salido con una ligereza y una brutalidad más propias de las carreras que se corrían tiempo atrás por esos parajes que el cansino paso de multitudes diversas y desparejas, contradictorias, que podían llegar a detenerse en ese café por esos días.

Él otro ya picaba con handicap, no tenía forma de negarlo. Estando los dos solos ahí, sentados en esas banquetas circulares que cuando uno quería girar se trababan en un punto con un clac seco y compartiendo un sándwich de milanesa de más que dudosa procedencia, tenía que competir en ese extraño sprint, en ese “tire y afloje” de preguntas incómodas y silencios distantes a ser definitivos.

La llanura, afuera de la estación de servicio vacía, se extendía verde hasta donde durmiera el horizonte. Un viento suave acariciaba los tallos que empezaban a surgir y lejos, bien lejos sobre la línea que separa el sopor celestial de nuestra terrenal vigilia, unas nubes de tormenta presagiaban el estruendoso caos de luminosa candencia. Los aparadores vacíos, las heladeras cubiertas de polvo y el piso blanquinegro lustroso, iluminado por el sol pálido de la tarde colándose por entre las tiritas de las cortinas, daban a la sonrisa que esa pregunta había generado un aire ofensivo.

- Ni idea de lo que me estás hablando – dijo, y sorbió un trago de coca cola directamente de la botella larga que tenían entre medio. Su vista se dirigió hacia el diario, donde una parodia del pasado desfiguraba las antiguas contiendas de titanes.

- Dale, che – arremetió el otro -. Te estoy preguntando nomás, por curiosidad, porque tus personajes no se levantan ninguna minita nunca.

Bandera Amarilla.

Sé acomodó en la silla incómodo. Trató de girar, pero el clac lo detuvo cada vez que intentaba arrancar, como si fuera un motor empecinado cuyo encendido trabajaba por cuenta propia. Los labios de aquel chabón lo ponían nervioso. Apuro un pedazo de sándwich con un trago de gaseosa, mientras leía una crónica, tratando de dejar pasar esa obstinación.

- Mirá los pelotudos estos – dijo, extendiéndole con la mirada gacha el papel manchado de aceite del diario.
- No te hagas el pelotudo y responde de una vez – lo interrumpió el otro, con un gesto de malevo transfigurando su cara.

La fotografía de dos autos superando una curva quedó contemplando las aspas del ventilador, que giraba ajeno a la charla de ahí abajo, y humedecido un poco por el roce con la botella de vidrio que había en la mesa.

- Decime de una vez – le pidió -. Tampoco es algo a lo que hay que tenerle vergüenza, che. Es sólo curiosidad.

Hubiese dado su mano para saber porque hacía esas preguntas. La curiosidad no motiva preguntas extrañas en bares desolados y perdidos en el medio de los campos, donde los únicos indicios de existencia son intersecciones rojas, si la calzada es de asfalto, o azul, si es de tierra. En esos cruces de tinta en el papel, la pampa se estremecía por el paso de los tractores y los camiones, quienes corrían hacía el horizonte del llano y las curvas ocultas, en parodias grotescas de pasos antiguos ahora y tapados por el polvo. Con tristeza, pensó que ahí también él era parodia.

- ¿Para qué querés saber?
- Para saber, nada más. Me parece extraño que alguien de tu capacidad no pueda escribir un dialogo de levante.

Incómodo, trató de acomodarse en el asiento. Clac. No había necesidad de responder, pero el juego así lo indicaba. Hasta nuevo aviso, aquel que tenía enfrente marcaba las pautas, y lo hacía sin apuro, con pasos medidos, sin dejar de ver su estrategia. ¿Habría alguna acaso?

Clac

- ¿Podés quedarte quieto un segundo y responder, por favor?
- Esta bien – terminó cediendo -. No me salen. Será la timidez o que se yo que cosa, pero no me salen. Las cosas naturales de todos los días no me motivan como para escribir sobre ellas. Creo que ya lo habíamos discutido antes.

El silencio que los separó fue táctico. Una parada en boxes como para medir el pulso y ver hasta que punto se podía seguir tirando hacia delante. Afuera, el compás desparejo de las gotas sobre el techo empezaban a dibujar el tramo que se vendría durante esa parada inesperada. Se retaban en silencio, mediando tan sólo un trecho de piedra limpia, una gaseosa de marca y un par de sándwiches de milanesa a medias, como si afuera los truenos fueran estampidos de viejos motores oxidados y la lluvia que empezaba fuese el aceite que los dos estaban esperando desde hacia mucho tiempo.

- Vos sabes – dijo, mientras se acariciaba el pelo y trataba de adivinar las sombras que los relámpagos dibujaban en la pared – que nunca fui muy bueno con esas cosas. Ni en la vida real ni en el resto. Lo habitual, lo diario, lo que fuese una especie de eco de las pequeñas derrotas diarias y de las batallas que precedían esas derrotas, no me interesaban en lo absoluto. No era trascendente – movía las manos despacio, con gestos aprendidos por la repetición y por cierta memoria que iba más allá de los nombres y los apellidos. Algo más profundo. Como el vértigo que nos despierta una mirada curiosa -. Por eso siempre apunté a algo más allá. A algo que sea capaz de dejar su huella marcada en forma imperecedera. Los grandes problemas me llamaban, como si en ellos estuviesen las respuestas y no en los avatares cotidianos a los que tantas veces negué – un silencio propició a que sus dedos marcaran tranquilamente el ritmo de un tango sobre la mesa -. Además, yo no soy como vos. Casi podría decirse que pertenecemos a mundos diferentes, che.

La sonrisa se había ensanchado. Casi hasta el borde de una risotada. Tal vez los truenos, ruidos que despertaba el campo ahí afuera bajo la lluvia, los motores imperecederos rugiendo detrás de la historia y la risa muda que tenía enfrente fueran partes de la misma cosa. Un hilo vital que descubría una veta ínfima en el tejido del caos.

- Mira vos – comentó – así que es por eso. Por algo tan simple como eso.
- Y sí. Nunca fui capaz de retratar lo cotidiano como vos.

Podían compararse ligeramente en un par de aspectos, pero en cuanto a esencia, eran demasiados distintos. Uno trataba sobre temas profundos y trataba de dejar la huella en lugares distantes, allá donde las costumbres se confunden y los nombres dejan de tener sentido ante los paisajes irresistibles. El otro, desde la cotidianidad de las caderas y los voluptuosos escotes, marcaba el ritmo de una sensual mitología más cercana a los arrabales del lado de los ríos inmóviles o rugientes, de las caricias y las sonrisas y ojos brillosos que callan tantos misterios que en sus pieles se escriben. Eran corredores de carreras largas e impensadas, donde se terminan perdiendo el origen de las palabras para que sobrevivan esos gestos solemnes.

Borrando su sonrisa, tomó un trago de coca. La silla debajo de él, cuando giró para pararse y dirigirse hacia la puerta, sonó solemne en el silencio.

Clac

- Lo mío siempre fue relatar la épica de los grandes, Mario – le dijo el otro, que había quedado sentado entre los restos del almuerzo -. Por eso nunca pude escribir el chamuyo para levantarse una mina.
- El problema no es ese, Juan – dijo Mario, parado al lado de la puerta -. Sino que en la búsqueda de tu excelencia, te olvidaste del barro de los humildes, de donde vos habías nacido.

La bandera a cuadros. Y el final, solemne, de la derrota, vestido de silencio, en una estación de servicio abandonada en el medio del campo, donde sólo dibujan la realidad líneas perdidas de color azul y rojo en un mapa.

Vueltas

Digamos que es
como releer la hoja,
procurando detenerse
en todos las comas, los puntos
los párrafos, las letras.
Acariciar las palabras
que escribimos en
anteriores horas
donde se necesitaba encausar
de alguna manera
esos minutos que
no queremos se pierdan
en abismos a los que si
a esos si
no se puede volver.

Volver
cantamos todos
en algun momento de nuestra
vida
con la frente marchita
las nieves del tiempo platearon
mi sien.
Miramos los calendarios
y las imagenes que nos detuvieron
allá lejos
cuando el mundo era un paño inocente
donde podíamos plasmar todos
nuestras esperanzas,
ajenos a todos los miedos que empezaban
a surgir.

Así es la vuelta
sobre el césped que esta allá
congelado en la distancia.
Con el recuerdo a flor de piel
y todos los sentidos analizando
cuando es el momento
en que la hoja se vuelve amarilla
y las flores se convierten
en secos pétalos
de palabras subrayadas
por otra mano
que no fue la mía.



Improvisación Libre - 23/01/08

domingo, enero 20, 2008

intitulado 19.01.08

Finalmente:
Escribo esta carta para quien
quiera pueda o decida
leerla y hacerse cargo de esta
miseria
¿miseria? si ponele asi y que quede
que abate las gotas
que cruzan mi piel.

Asi que
hoy digo y no callo
el dolor que causaste
el estremecimiento que me recorrió
en una fuerza subita
de la decandecia asomandose
por los atisbos polvorientos
en donde anidan las arañas
y si decir ventana queda muy obvio
forjando el gris de acero
de la muerta mañana.

Tan solo tu voz
como el canto
de los versos escritos
en el delirio de tu ser
si tan solo hubieses visto antes
TRATANDO DE ABRIR
en el dia
una atisbo de esperanza
en la mano que tenias todo lo imposible


y hoy
que para vos escribo
finalmente
las heridas que sangran
y las lagrimas que no cesan

a vos
todo y la nada
y el mas incorde adios

jueves, enero 17, 2008

Diario: Dia 5 - Parte 2

Día 5 – Parte 2

Shallow skin, I can paint with pain
I mark the trails on my arms with your disdain
Slipknot – Everything Ends

Decir, a esta altura del cuaderno, que enero es un mes imposible, harto aburrido y que sería mejor que del 31 de diciembre pegáramos un salto hasta mediados de febrero, más o menos, es una obviedad para todos y cada uno de los cordobeses que, como yo, buscan en estos mediodías adelantados de sol abrasador un lugar de ligera frescura, como para tratar de llegar a la noche, esa noche cuya luna recién es contemplable en su esplendor cerca de la medianoche.

Pobre quienes tengan que escribir sobre la luna, digo. Los del Gobierno no pensaron en todos los poetas que pululan por estos lares cercanos a las sierras. Ni en el reloj biológico de todo el mundo, dicho sea de paso.

Ahí me encontraba yo, entonces, sentado en el bar, bebiendo un café cerca de la una y media de la tarde. No me sentía extrañado, porque siempre fui de hábitos algo taciturnos y de despertarme bien entrada la mañana. El café era en parte para estimular ese sector de la mente al cual asocio con la creatividad, y que se aloja detrás de mi ojo derecho. Los días después de un trabajo intenso me despertaba casi siempre con un fuerte dolor punzante en ese lado de la cara, y los médicos a los que consulte y parte de mis amigos decían que se debía a que pasaba demasiado tiempo mirando la pantalla de la computadora, y que nada tenía que ver mi vena poética con eso. Yo los miraba algo estúpido por el efecto de los analgésicos y de la cafia, tras lo cual los despedía y me sentaba sólo en el departamento a putear y a tratar de seguir escribiendo.

La razón por la que tomaba café esa mañana era bien distinta. La última semana me había dedicado a un frenesí alcohólico en base a la fermentación de la cebada, cuyos resultados visibles fueron otros que iban un poco más haya a la falta de creatividad que traía consigo estar tirado sobre un sillón, a medias desmayado. Dolor de cabeza, dolor estomacal (especificar “hígado” es otra obviedad innecesaria), irritación de... bueno... se imaginan, además de un estado de ánimo ya de por si bastante despreciable.

Sobre estas cuestiones me quedaba meditando, mientras revolvía lentamente el café. Como siempre, por más que en un principio no me lo propusiera, terminaba haciendo un repaso y un pequeño balance de lo que había sido el año anterior, y tratar de vislumbrar lo que me deparaba este. En frente de mí, los cadáveres de las bolsitas de papel del azúcar bajo en calorías me recordaron una noche que pase con unos amigos en otro bar, un poco más alejado de ahí, y con mucha mayor predisposición para encarar otro año que nacía. Perdí aquella inocencia, pensé, mientras una cascada cristalina rompía el embrujo ocre de la espuma. En ese instante, el “Gordo” se sentó en la mesa.

La frente perlada, la nariz ganchuda donde una vez nos dijo que se había reventado un grano con una cuchillita gillette, los dedos chuecos que apuntaban cada uno en dirección diferente y que únicamente parecían coordinar cuando agarraba el joystick de la playstation, la camisa sudada y unos cliches verbales que portaba desde nuestras épocas de pendejos gamers (o sea, viciosos) y jugadores de picados bajo la lluvia, son la mejor forma en que puedo definirlo. Siempre voy a guardar un buen recuerdo de él, al punto tal que una vez le dediqué un cuento que escribí para un concurso literario, en mis tempranos años de juventud.

Para Pablo G., decía, por pelotudo.

Los jueces no supieron entender esa muestra de amistad fraternal.

Se sentó al frente mío y le pidió a la moza que le trajera una cerveza. Hice una mueca cuando le especificó que fuera una Quilmes.

- Y trae dos vasos – aclaró, mientras miraba a la moza morocha irse caminando. No sé porque razón, pero me pareció que ella era un fragmento de la ciudad que latía detrás de la frágil piel de vidrio que nos contenía. Hacía tiempo que ese sentimiento no me asaltaba. Agité la cabeza, con la esperanza de poder erradicarla por unos instantes de mi mente. Necesitaba abstraerme.

- ¿Para qué dos vasos? – le pregunté a Pablo.
- Para que tomemos y brindemos, bolu, si hace un montón que no nos vemos. Desde el año pasado, más o menos.
- ¿Con veneno querés que brindemos?
- Uh – dijo como diciendo “pero que rompepelotas que sos, chabón” -. Mierda que te volviste exquisito desde que agarraste aquel laburo.

Con aquel laburo se refería a mis días de trabajo en una funeraria de mi pueblo. Lástima que esto es sobre el presente, porque esa parte de mi pasado cuenta con algunas delirantes anécdotas.

- ¿Qué queres tomar, entonces?
- Algo que se pueda tragar, sería un ejemplo – le dije.
- ¿Y algo que se pueda tragar que vendría a ser?
- Y... Un ferné con coca, una heineken o una Corona...
- Ehhhh – otro de sus cliches heredados de la adolescencia - me queré fundir, vos?

La moza depositó los vasos y nos miró extrañada. Estábamos discutiendo en voz alta y el gordo algo se había exaltado. Yo tenía un atisbo de sonrisa en la cara. Tal vez fueran los ojos de ella y el recuerdo que traían sus cabellos y su sonrisa, o fuera a Pablo, a quien tenía al frente y que parecía en verdad indignado por no querer aceptar la Quilmes.

- Trae una Heineken, por favor – le dije y su mirada marrón brilló con demasiada intensidad. Tal vez fuera que el aire acondicionado me había puesto algo susceptible, pero algo en mí se había destrabado.

Pablo se relajó y la silla rechinó debajo de su cuerpo.

- ¿Y? – me dijo -. ¿Qué mierda era lo que te estaba pasando?

Una sonrisa se asomaba en mis labios, y se contagió de pronto a la suya.

- Nada, gordo. Nada me andaba pasando.