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jueves, febrero 14, 2008

Diario - Dia 7

Día 7

What looks so strong, so delicate
Korn – Coming Undone


La memoria funciona así, de una manera incomprensible y sin seguir jamás la misma senda dos veces. No se sabe de que manera la mente elige lo que es indispensable recordar de lo desechable. Muchos terminamos atesorando recuerdos inútiles e ideas formadas hace tanto tiempo que las tenemos sólo a ellas, sin nada que nos indique el momento o la situación en que fueron concebidas. ¿De que me sirve saber ahora lo que estaba haciendo aquella tarde de hace cuatro (cinco, diez, veinte. El número no importa) años, cuando River hizo el gol del campeonato, frente a Olimpo de Bahía Blanca? Sin embargo, puedo vivir ese momento una y otra vez en mi mente, sin hartazgo y sin saltarme un cuadro. No me sirve de nada, pero sé que está ahí, por las dudas.

Uno nunca sabe cuando va a venir alguien a preguntarte: “¿Y? ¿Qué estabas haciendo vos la mañana del once de septiembre del 2001?”. No me acuerdo con precisión. Se qué había un televisor prendido en una habitación cuya ventana estaba cerrada, pero no creo que haya sido de ese día. Lo más probable es que haya estado durmiendo.

Nadie sabe como funciona la memoria, pero maneja un cierto par de trucos para asociar, asentar y traer recuerdos al presente, ya sea por casualidad o de forma adrede. Los olores son una de esas herramientas. Es difícil sacarse de encima las sensaciones que despiertan ciertos aromas, en ciertas situaciones. Tal vez sean las situaciones la que permitan que el aroma prevalezca como un hilo conductor que nos termina arrastrando en esa vorágine. Todos se deben acordar la esencia, el tacto y el sabor de la piel que degustaron por primera vez, así como las palabras y las vibraciones que los fueron tensando. Ahí debe haber algo, que debe de subyacer en algún lugar más allá de donde las impertinencias diarias nos confunden, que sobrevive al tiempo y que salta en momentos azarosos: cuando caminamos por la calle, cuando tomamos el ascensor, cuando despertamos y completamos a una ciudad a punto de sumirse en su rutina.

En días como este sólo queda, para quienes estamos ajenos a este circo que se teje, tratar de descansar y distraerse, sin pensar mucho en las consecuencias de la soledad, que al fin y al cabo es la única que nos permite poner en perspectivas todas las cosas y tratar de encontrar respuestas a esas dudas que tenemos todos, más allá que algunos las tengan más o menos existencialistas que otros.

Hoy no voy a atender el teléfono, por decir un ejemplo. Voy a permanecer gran parte del día sentado escribiendo, ajeno a cualquier otra actividad, excepto ir al baño y cagar. Si tocan mi puerta, no atenderé. Dejaré que puteen allá abajo, y seguiré inclinado sobre el teclado, a la caza de las palabras que si no se escriben se pierden. Estoy harto de postergaciones. No me llevan a ningún lado y sólo me llenan de excusas falsas que no sirven para nada. Estoy harto de mis excusas.

Puede que escuche música, muy a pesar de mis vecinos, para tratar de ahogar ciertas penas que voy a seguir llevando sobre la piel mucho tiempo. Hay ciertas cosas que en el calendario no cambian. Todas las semanas seguirán teniendo siete días, sin importar cuan puestos estemos y hasta donde estemos dispuestos a perder la conciencia, y cada día 24 horas. El tiempo que no se sufre, no se vive; y ya tengo una gran deuda en cuanto a eso de dejar pasar los días pleno en la inconciencia.

Estos días han sido un infierno. Pero hasta eso uno se termina acostumbrando. Por lo menos ahora sólo me atormenta su recuerdo, potenciado en esta ausencia plomiza de una ciudad húmeda y caliente. Muchos temas me recuerdan a ella. Por eso, tal vez, y para placer de mis vecinos, hoy sólo escuche el lento meditar de mi conciencia y de mis dedos escribiendo algo que tal vez después deseé borrar. Words are very unnecessary, they can only do harm. Reflexionar sobre un fantasma empecinado en escudarse en mi flojera para superarlo.

Soy un caso demasiado patético, Dios.

Abajo, en el mundo real, creo que todo seguirá más o menos los mismos cursos de toda la vida. Gente vivirá y sufrirá, algunos se sentirán alegre pero no sabrán que todas las alegrías son efímeras, otros entrarán en depresiones que los hará analizar las cosas desde un punto de vista radicalmente distinto al anterior. O puede que no. Tal vez yo estoy tan harto de tener estos quejidos sobre mí, que no veo la hora de terminar con todo esto de una buena vez. Pero soy cobarde. Demasiado cobarde, para ser honestos.

“La tenue tela que cubre
sus encantos de mujer perdida,
disfraza las llamas que encienden
las ciudades tras sus pasos,
en donde reina el silencio
de una ausencia insoportable,
hecha de ecos muertos
entre esquinas siempre extrañas
e imprecisas.

Después de sus pies
dibujados en las aguas
que bajan hacía diques
hechos de memoria,
sólo queda callar y hacer
de los rostros mudos,
el himno de nuestra esperanza”


No me dejo tentar por la promesa de eternidad vacua que escucho desde más allá del balcón. Mis amigos temen por eso, no se por qué. La vida vale demasiado como para pagar con ella el despecho de un abandono, que al fin de cuentas es un rechazo más dentro de una sociedad que nos enajena de uno u otro modo.

Tarde o temprano despertaré de esta pesadilla. Lograré sacarme de encima el velo de sus estantes vacíos, de la espera de un llamado y de soñar con volver a sentir con tus caricias, sin importar el tiempo que haya pasado. Porque por más que haya toda una industria a documentar su paso, el tiempo es una de las percepciones más personales que podemos hacer de este mundo lleno e imperfecto en sus certezas.



Words are meaningless and forgettable

jueves, febrero 07, 2008

Diario: Día 6

Día 6

“Me quede sin nada
De tanto por decirte

Tan sólo soy uno más
Que junto a vos resiste”

Almafuerte – Debes Saberlo


Hoy, que llueve, y que estoy encerrado acá sin poder coordinar tres ideas coherentes en mi cabeza, lo único que atino es a contemplar el techo y pensar. Hay temas recurrentes, que van desde las dudas existenciales que nos atormentan ante ciertas situaciones en donde la desazón, hasta algunas trivialidades surgidas del devenir diario de los días.

No sé en que pienso. Trato de no volver a la distancia que me separa de ella, pero es una especie de fantasma ubicado detrás de puertas que necesariamente deben ser abiertas. No creo que las abra hoy, ni muy pronto tampoco. Es algo que siempre cuesta enfrentar, y en donde la mirada siempre es dolida y se termina desviando hacia las paredes, para tratar de encontrar una respuesta, pero en donde vemos los recuerdos que genera su ausencia.

Las paredes siguen vacías. Parece como si hubiesen pasado meses desde el momento en que escribí la primera página de este diario y parecía que le estaba escribiendo una carta a ella. Tal vez porque esperaba, en ese entonces, que de algún modo te enterarás de la existencia de este cuaderno, lastimero atisbo adolescente, y que me leyera. O que me buscara y viera que en el dolor de los latidos hasta el orden que alguna vez le dimos al mundo se va al caño.

Pero no. Hoy trato de no pensar en ello. Los días mutan y mutaran, en ese paseo extraño en el que los acompañan las horas, hacía frágiles efemérides que serán ausentes para todos, excepto para mí. Sólo sufriendo uno aprende el concepto del dolor, y a mi las horas de su ausencia, de sus últimas palabras, de las paredes vacías que reclaman por la posesión de un fragmento de su identidad, me duelen. Como la gran puta me duelen.

No me importan las fechas. No hay nada de fehaciente en ellas. Puede que me pregunte o me pregunten más adelante sobre cuales fueron los momentos en que el sufrimiento tuvo una forma latente, palpable, frente a mis ojos, y yo les diré que fueron tal o cual período, pero siempre inexacto. Los calendarios no significan nada ante las lágrimas que nublan tanto al ojo como al mundo que este trata de vislumbrar. Pariente de la niebla es el llanto. No hay certezas en las figuras que a través de ellos se vislumbran.

Hoy, con la lluvia golpeando en la ventana y opacando el silencio de la tarde en Córdoba, trato de no pensar en nada, para terminar dándome cuenta de todos esos problemas que subyacen debajo de una capa de aparente tranquilidad. Me imagino un bosque, entonces, en donde la tragedia es inconcebible, hasta que la tormenta desata un infierno en él. Nada volverá a ser lo mismo después del paso de una llama certera por el combustible que la enardece.

Pendido sobre la ciudad de Córdoba, soy un bosque en llamas.

No hay una cronología certera en esto que escribo. Los días se preceden uno a otro, pero el ánimo o la intrascendencia hacen de ellos granos de arena perdidos en el desierto. Los desastres no admiten improvisaciones, como tampoco preparativos. Sólo llegan. Vientos que atropellan la mesa y hacen volar la baraja por los aires, anulando la mano en que s jugaba, sin importar las cartas que el azar pudiese haber puesto en las manos de cada uno.

Pienso en las cicatrices. Las que se ven y mostramos, con cierto orgulloso desdén, para las que admiren, y las que nos carcomen por dentro, infectas en pus y que nos hacen recordar que, a pesar de nuestros esfuerzos por curarnos, tendemos a tropezar y rasparnos las rodillas. Nunca hemos lograr salir de primer grado, creo a veces. Nunca aprendemos de los errores y ensayamos siempre nuevos intentos para caernos y rasparnos nuevamente. ¿Despertaremos pena, así? ¿Lograremos llamar la atención escalando más alto, puliendo todos nuestros defectos, para mostrar al final, que somos lo mismos que habíamos intentado cambiar?

Nuestra naturaleza no comprende los cambios. Así como vamos, volvemos. Más cultos o menos vestidos, más tímidos o extremadamente verborragicos, pero en esencia los mismos. Hijos de puta con más o menos palabras, con peores o mejores ropas, pero hijos de puta al fin.

Una breve reseña del huracán. No hay orden, en cualquier sentido en que se pueda aplicar esa palabra, en este mundo que me contiene, que llega hasta el balcón y se convierte en una forma gris incomprensible de sombras. No quiero saber cuanto tiempo he estado así, contemplando las aspas del ventilador girando con una lentitud hipnótica. Mis libros se mezclan y en mi los argumentos se pierden en hilos que no puedo seguir. La discografía es igual. Ningún disco está en la caja que le corresponde, pero aún así encuentro las palabras que le dan forma a estas palabras.

Hace ya mucho tiempo escribí mi primer texto al que pude definir mío. No importan los años. Ayer es ya “mucho tiempo” cuando el paso de los minutos es desesperante como el calor de la noche. Es un texto vulgar, ajeno a reglas de estilo y cosas por el estilo, lleno de lugares comunes. Decir “lugares comunes” es, hoy, un lugar común, cierto, pero aquella poesía se encontraba lleno de ellos. Y, sin embargo, me enorgullecía.

La escribí en una época en que los límites eran imprecisos y no importaba que todo se consumiera. El polvo es inevitable. Yo lo comprendí por aquellos días, pero quise creer que no me importaba esa verdad. Once you know you can’t never go back. Ahora, ya no creo en definiciones antojadizas y en las grandes diferencias que los hombres se empeñan en hacer existir. Compartimos el mismo destino, las mismas desgracia, los mismos sueños y hasta las mismas distancias insalvables.

Lástima que la intrascendencia diaria no les permita a todos el mármol de la gloria.




I heard your voice through a photograph

jueves, enero 17, 2008

Diario: Dia 5 - Parte 2

Día 5 – Parte 2

Shallow skin, I can paint with pain
I mark the trails on my arms with your disdain
Slipknot – Everything Ends

Decir, a esta altura del cuaderno, que enero es un mes imposible, harto aburrido y que sería mejor que del 31 de diciembre pegáramos un salto hasta mediados de febrero, más o menos, es una obviedad para todos y cada uno de los cordobeses que, como yo, buscan en estos mediodías adelantados de sol abrasador un lugar de ligera frescura, como para tratar de llegar a la noche, esa noche cuya luna recién es contemplable en su esplendor cerca de la medianoche.

Pobre quienes tengan que escribir sobre la luna, digo. Los del Gobierno no pensaron en todos los poetas que pululan por estos lares cercanos a las sierras. Ni en el reloj biológico de todo el mundo, dicho sea de paso.

Ahí me encontraba yo, entonces, sentado en el bar, bebiendo un café cerca de la una y media de la tarde. No me sentía extrañado, porque siempre fui de hábitos algo taciturnos y de despertarme bien entrada la mañana. El café era en parte para estimular ese sector de la mente al cual asocio con la creatividad, y que se aloja detrás de mi ojo derecho. Los días después de un trabajo intenso me despertaba casi siempre con un fuerte dolor punzante en ese lado de la cara, y los médicos a los que consulte y parte de mis amigos decían que se debía a que pasaba demasiado tiempo mirando la pantalla de la computadora, y que nada tenía que ver mi vena poética con eso. Yo los miraba algo estúpido por el efecto de los analgésicos y de la cafia, tras lo cual los despedía y me sentaba sólo en el departamento a putear y a tratar de seguir escribiendo.

La razón por la que tomaba café esa mañana era bien distinta. La última semana me había dedicado a un frenesí alcohólico en base a la fermentación de la cebada, cuyos resultados visibles fueron otros que iban un poco más haya a la falta de creatividad que traía consigo estar tirado sobre un sillón, a medias desmayado. Dolor de cabeza, dolor estomacal (especificar “hígado” es otra obviedad innecesaria), irritación de... bueno... se imaginan, además de un estado de ánimo ya de por si bastante despreciable.

Sobre estas cuestiones me quedaba meditando, mientras revolvía lentamente el café. Como siempre, por más que en un principio no me lo propusiera, terminaba haciendo un repaso y un pequeño balance de lo que había sido el año anterior, y tratar de vislumbrar lo que me deparaba este. En frente de mí, los cadáveres de las bolsitas de papel del azúcar bajo en calorías me recordaron una noche que pase con unos amigos en otro bar, un poco más alejado de ahí, y con mucha mayor predisposición para encarar otro año que nacía. Perdí aquella inocencia, pensé, mientras una cascada cristalina rompía el embrujo ocre de la espuma. En ese instante, el “Gordo” se sentó en la mesa.

La frente perlada, la nariz ganchuda donde una vez nos dijo que se había reventado un grano con una cuchillita gillette, los dedos chuecos que apuntaban cada uno en dirección diferente y que únicamente parecían coordinar cuando agarraba el joystick de la playstation, la camisa sudada y unos cliches verbales que portaba desde nuestras épocas de pendejos gamers (o sea, viciosos) y jugadores de picados bajo la lluvia, son la mejor forma en que puedo definirlo. Siempre voy a guardar un buen recuerdo de él, al punto tal que una vez le dediqué un cuento que escribí para un concurso literario, en mis tempranos años de juventud.

Para Pablo G., decía, por pelotudo.

Los jueces no supieron entender esa muestra de amistad fraternal.

Se sentó al frente mío y le pidió a la moza que le trajera una cerveza. Hice una mueca cuando le especificó que fuera una Quilmes.

- Y trae dos vasos – aclaró, mientras miraba a la moza morocha irse caminando. No sé porque razón, pero me pareció que ella era un fragmento de la ciudad que latía detrás de la frágil piel de vidrio que nos contenía. Hacía tiempo que ese sentimiento no me asaltaba. Agité la cabeza, con la esperanza de poder erradicarla por unos instantes de mi mente. Necesitaba abstraerme.

- ¿Para qué dos vasos? – le pregunté a Pablo.
- Para que tomemos y brindemos, bolu, si hace un montón que no nos vemos. Desde el año pasado, más o menos.
- ¿Con veneno querés que brindemos?
- Uh – dijo como diciendo “pero que rompepelotas que sos, chabón” -. Mierda que te volviste exquisito desde que agarraste aquel laburo.

Con aquel laburo se refería a mis días de trabajo en una funeraria de mi pueblo. Lástima que esto es sobre el presente, porque esa parte de mi pasado cuenta con algunas delirantes anécdotas.

- ¿Qué queres tomar, entonces?
- Algo que se pueda tragar, sería un ejemplo – le dije.
- ¿Y algo que se pueda tragar que vendría a ser?
- Y... Un ferné con coca, una heineken o una Corona...
- Ehhhh – otro de sus cliches heredados de la adolescencia - me queré fundir, vos?

La moza depositó los vasos y nos miró extrañada. Estábamos discutiendo en voz alta y el gordo algo se había exaltado. Yo tenía un atisbo de sonrisa en la cara. Tal vez fueran los ojos de ella y el recuerdo que traían sus cabellos y su sonrisa, o fuera a Pablo, a quien tenía al frente y que parecía en verdad indignado por no querer aceptar la Quilmes.

- Trae una Heineken, por favor – le dije y su mirada marrón brilló con demasiada intensidad. Tal vez fuera que el aire acondicionado me había puesto algo susceptible, pero algo en mí se había destrabado.

Pablo se relajó y la silla rechinó debajo de su cuerpo.

- ¿Y? – me dijo -. ¿Qué mierda era lo que te estaba pasando?

Una sonrisa se asomaba en mis labios, y se contagió de pronto a la suya.

- Nada, gordo. Nada me andaba pasando.

miércoles, enero 16, 2008

Diario: Dia 5 - Parte 1

Día 5 - Parte 1

Maybe you’re the reason why

I’m losing all my decency
Limp Bizkit – The One

No hay peor enemigo, en estos días de reflexión postraumáticos, que verse atrapado en un bloqueo creativo. Puede que, si a eso se le suma que el aire acondicionado esta roto y uno no encuentra el ventilador, uno pase un día de mierda. Como el de hoy, ni más ni menos.

Me desperté temprano, hacia las siete o algo, y me senté frente a la computadora para ver si podía escribir algo. Como hago casi todas las veces que escribo, puse música en el equipo como para ayudar a sacarme las palabras que tenía guardadas adentro. Para darme un ritmo, tal vez. Pero no. No pasaba nada. Estaba seco.

Bastante seco, de por cierto.

Escribía un párrafo o dos, leía, seleccionaba todo y apretaba delete. Nada me convencía. Probaba con cambiar de enfoque, de alternar estilos y discursos. Nada. Pasar de prosa a poesía, ida y vuelta. Escribir cualquier cosa. Una frase con la que me sintiera complacido, que me hiciera decir “bueno, este martes no estuvo completamente desperdiciado”. Pero no, no me salía nada.

Una de las peores torturas es tener que ver el cursor titilando, con ganas de putearle, y no poder escribir una sola palabra al respecto que le sienta a uno cómodo. Y peor si es por cerca de dos horas.

Tomé un libro de la biblioteca, entonces. Hacía mucho que no leía y creí que serviría un poco para distraerme y ver un poco el tema este del bloqueo. No pasa sólo por ahí, es cierto, pero tampoco creo que su partida haya influenciado mucho. El ambiente no es el mismo, pero no dejo que me influya. Debo impedir que ese sentimiento aflore. I wont leave this build up inside of me. Demasiada catarsis son las lágrimas como para tener palabras que la adornen.

Guiado por la ironía del título, elegí “Un Mundo Feliz”, de Aldous Huxley. Lo abrí tratando de concentrarme, pero no hubo caso. No pude. Traté probando otro. “El ruido y la furia”, de Faulkner. Tampoco. “El Señor de las Moscas”, de William Golding. Nada. Volví a uno de mis viejos preferidos, “1984”, de George Orwell, pero tampoco pude sentirme.

Empecé a recorrer la biblioteca con cierta desesperación, mientras a mi alrededor crecían las pilas de libros y se amontonaban algunos sobre la mesa ratona que tenía en frente.

- La puta madre.

Me dio miedo, todo lo que me pasaba, porque una cosa es no poder escribir por estar pasando un momento de mierda, por decirlo así - o por meter una excusa, quién te dice -, pero otra muy distinta es no poder ni siquiera leer. O sea, leer sí. Pero concentrarse en la lectura, no.

Tomé el teléfono y llamé a un amigo, compañero de la facultad a la que alguna vez había intentado ingresar. Sonó el aparato un par de veces, hasta que me atendió.

- Gordo – le dije -. No sé que mierda me pasa. No puedo escribir.
- ¿No podés escribir? – me preguntó, con un tono que dejaba entrever cierto fastidio y algo de sueño. Miré mi reloj y vi que era ya casi mediodía, así que no le presté mucha atención a las excusas que estaba argumentando.
- ¿Qué sos sordo, boludo? – dije, entre nerviosas risas -. Sí, no puedo escribir.
- Me estás cargando, che – me dijo -. ¿No era que a vos con diez minutos te bastaban para escribir algo de la puta madre?

Recordé las canciones que había escrito para la banda de Germán, otro amigo, hacía un tiempo, y que le habían servido bastante, y que, extrañamente, habían gustado. Él había dicho que diez minutos había sido el tiempo en que había tardado en escribir cada una de las letras. No mentía, pero tampoco es lo mismo una letra que el proyecto que tenía entre manos.

- No es lo mismo – le dije -. Esto es mucho más serio, y encima tengo una reunión con el editor el viernes.
- ¿Pero no tenés nada nada?
- Obvio que sí, pero creo que me haría falta más como para ir a mostrarle todo encaminado.

Un pequeño silencio del otro lado, y la confirmación que esperaba.

- Nos vemos esta tarde, si te va. Aunque, mirá las pelotudeces por las que me venís a molestar.

Cortó, dejándome con un “ahí están los amigos” en la punta de la lengua.

La diferencia que hay entre la desesperación y el bloqueo total es la fuerza con la que este último nos agarre. El bloqueo puede durar lo que dura, un café, una botella de cerveza, un viaje de colectivo, un par de jornadas, pero la desesperación se ensaña con el pobre que la sufre y nos hace ver que es difícil encontrarle una salida pronta al tema. Y ni hablar de exitosa.

En eso estaba meditando en el café, un bar concurrido de esos que hay de amontones en el centro de Córdoba, con la libreta abierta sobre la mesa. Tratando de despejarme había agarrado “París era una fiesta”, de Hemingway; y había logrado al fin despejar un poco la mente. La forma en que retrató la bohemia de aquellos años sepultados logró despertar algo de mi interés y terminé cayéndome en esa silla con una excusa perfecta para tratar de crear algo.

Una palabra venía, con fuerza y silencio, hacía mi cada tanto. No lograba asirla sin que se escapara en los confines de mi mente. El humo del café (el tercero o el cuarto de esa mañana convertida mediodía convertida tarde) subía despacio, ajeno al temor que se anudaba en mis venas. El ruido me enajenaba de a momentos, y al instante siguiente me volvía sensible a toda esa excitación veraniega que clamaba afuera: Los pasos, el murmullo del aire acondicionado, el ventilador girando. Todo. Y vi como el gordo entraba por la puerta.

Cerré la libreta, suspirando. Necesitaba de esa palabra. Lo más pronto posible




miércoles, diciembre 19, 2007

2.0

Miró la señal parpadeante en la esquina inferior de la laptop. La señal del modem se apagó. José se paró rápidamente y reviso todas las conexiones. No podía fallar. No en ese momento. Faltaba poco para las instancias cruciales que se aproximaban. No podía fallar.
Conectó y desconectó varias veces, inclinándose cada tanto sobre el monitor para ver si algo cambiaba. Pero nada. Después de varios infructuosos intentos, el diagnóstico que le arrojaba la máquina tenía un gusto extraño, como burlesco.

“Connection timed out”, rezaba el cartel que saltaba de tanto en tanto.

- Cagamos. La puta madre. Cagamos
- ¿Qué mierda decís?
- Lo que escuchaste, Miguel. Está todo en las últimas. Cagamos
Miguel guardó silencio. Contra su semblante se dibujan haces difusos, intrusos en esa habitación mohosa y húmeda. Por los resquicios de la persiana entraban, fríos en la noche de julio, la luz de los faroles de la calle. Sus ojos celestes centellaban de tanto en tanto, cada vez que encontraba una idea, aunque después la desechara al instante.
- Alguna forma tiene que haber, mierda. No puede que ser que tirando abajo el servidor quedemos todos en pelotas.
- No puede ser, pero es, y a eso tenemos que atenernos – prosiguió José, inclinado sobre la computadora -. Lo único que nos queda es salir afuera y rendirnos. Nos tienen cogidos de un huevo. Sólo les falta que nos pidan que chiflemos.
Los monitores se apagaron de golpe y los rostros perdieron el tono azulado que les daba la forma de un sueño. En la noche los ojos trataron de encontrarse, tal vez para decirse algo que todos empezaban a dar por cierto. Estaban en las últimas.
Un encendedor ilumino con timidez la habitación. Eran todos ígneas figuras frente a la imposibilidad de batallar su guerra. La parpadeante llama se hizo espacio en una vela perdida en un cajón de la cocina. Las caras contenían derrotas en cada centímetro de su epidermis. En esas instancias perecederas, Miguel estaba orgulloso de ellos. Habían batallado desde esas tinieblas canábicas, en un resquicio perdido entre las paredes de la ciudad. Era el momento en que los teclados y los códigos quedaban cortos. Las calles llamaban estruendos que no estaban del todo seguro a querer hacerse sentir.
- El teléfono no anda tampoco – dijo una mujer, y el mensaje no sorprendió a nadie.
Sólo en la pared, un reloj cortaba el tenso paso de los minutos.
Una risa nerviosa se apoderó del grupo. En todas sus mentes se compaginaban recuerdos esquivos mientras en sus venas latían sentimientos extraños e incongruentes unos con otros. Por encima de ellos, la niebla del humo del cigarrillo dibujaba fantasmas de una noche en vela.
- ¿Y con los celulares tampoco podemos?
La pregunta desesperanzada cruzó el grupo y cayó en saco roto. Nadie reaccionó y los rostros parecían calaveras flotando en torno a la llama crepitante de la vela que ardía. En las cuencas de esos ojos un vacío ocupaba el lugar predilecto de todas las retinas.
- No – la voz de José resultaba contundente en esa oscuridad cavernosa, apenas cortada por el halo amarillo de la vela. Por más que hablaban en un murmullo se escuchaban perfectamente -. Mira por la ventana, sino. Toda la ciudad y, me juego hasta las manos, toda la provincia debe estar sin luz.
- ¿Por qué crees eso?
José tiró sobre la mesa el diario correspondiente a ese día. En grandes letras se veía que muchas cosas, más allá de sus propias vidas, tenían un final tangible e inquietante. Varias series televisivas, varios programas de concursos e inclusive varios deportes disputaban sus últimas instancias.
- Creo que en la radio mañana se va a hablar mucho más de que, por culpa del corte, no se pudo ver el partido de fútbol que el presunto suicidio de unos subversivos de poca monta.
- ¿Suicidio? ¿Subversivos de poca monta? ¿Por qué crees que nos van a llamar así? – el enigma preocupaba a cuatro de los cinco ahí presentes.
Miguel tendió una hoja impresa tan sólo un cuarto de hora antes a los tres que no sabían nada.
- Ya nos han dado por muertos. Buscando en los drafts de las agencias de información gubernamentales figuraba esto. Al principio creí que se trataba de alguna célula aislada, pero cuando empezó todo esto me dí cuenta que desde hace tiempo las casualidades no existen.
Todos rieron, motivados más por el fraternalismo que por cualquier otra cosa. La fatalidad inminente no permite más que una risa cómplice entre hermanos caídos en desgracia.
- Lo peor de todo esto, debe ser pasar al jardín de enfrente sin trascendencia alguna – dijo Julia, la única mujer del grupo.
- No creo que haya sido todo en vano, a pesar de terminar así – dijo Alejo, quién por primera vez habría la boca desde que la conexión se había caído -. Es como decía Winston: “nosotros somos los muertos”, desde el momento en que nos metimos en esto.
Era cierto lo que decia. Las miradas cabizbajas y el aire de derrota que los unía, mezclados con sonrisas fraternales y un apoyo mutuo que parecía iba a flaquear de un momento a otro, hacía probable que la melancolía fuera más fuerte que las ganas de luchar.
- Nosotros somos los muertos – repitió José -. Cuanta razón tenía Orwell.
Pitó el cigarrillo que acababa de encender. En las calles, el sonido de la tormenta no dejaba adivinar la pesadilla que pronto creían iba a abalanzarse encima de ellos.

viernes, diciembre 14, 2007

Diario: Día 4 - Tarde

Día 4 – Tarde

“Tired of lying on the sunshine
staying home to watch the rain
You are young and life is long
and there is time to kill today”

Pink Floyd - Time


No se deja abatir, el infierno este de llamas azules. Eso que estoy acá tirado, mirando mi reflejo palpitando erróneo por encima del zumbido del ventilador y del apagado murmullo del aire acondicionado. Por la ventana entran, como en toda la ciudad, ruidos, voces, risas y hasta lágrimas escondidas en palabras cargadas de dolor. Sudado, con ella tirada mirándome al lado, así son las cosas que les viene a uno a la cabeza en momentos de quietud siestera.

Le tendí el papel a la mujer esa en el café, y salí caminando, en busca de entretenerme con alguna vidriera o viendo alguna película. Pequeños vicios que habían quedado en segundo plano, relegados dentro del ámbito de la convivencia en pareja. Sacrificios que resultaban necesarios, en su momento, para tratar de conllevar esa empresa ardua denominada “noviazgo”. No los extrañé, ahora que pienso que tengo mis biblioteca semi vacía, mis dvds prestados, mis comics archivados vaya a saber donde, mis cds “digitalizados” porque los originales no recuerdo el estante donde los había dejado. Hasta que todo salto al carajo, digamos.

Pero ya está. A 4 días ya. O 5, como quieran verlo. Ahora, por esas extrañas circunstancias, contemplo una silueta borrosa entre las colchas, al lado de la mía, mediante un espejo que está pegado en el techo. Su respiración cálida se siente sobre mi hombro, y sus ojos contemplan mi sien esquiva y una mirada pensativa de ojos celestes, que se entretienen en el espejo. De entre las sábanas, se insinúan deseos mal contenidos y voluntades plagadas de flaqueza, disfrazadas en esos senos turgentes de piel dorada, en el pubis palpitante y en las caderas hirvientes de un placer, que en su momento supo a gloria y que ahora tiene un gusto bastante amargo.

Córdoba es una ciudad difícil para los enamoradizos.

No soy una persona a la que le pasen estas cosas. Por eso las dudas y las cavilaciones. Por eso me pierdo en mi propia mirada, en vez de recorrer de vuelta su cuerpo y dejar todas estas preocupaciones de lado, por un mísero rato aunque fuera. Pero no. No puedo sacarme de la cabeza el sentimiento que hay alguien que está anotando todo esto para pasar a cobrarlo, tarde o temprano, y ese quien sea va a cobrar un poco de más, usando no sé qué excusa.

Me acaricia la cara y la miró. Dejo de parecer egoísta para tratar de comprender que mierda ha pasado en sus ojos. Son preciosos, de un color avellana vibrante. Brillan y no puedo evitar sonreír como un pelotudo, y sus labios también se curvan en una sonrisa. Me siento pelotudo hasta escribiendo esto como si fuese una confesión o algo por el estilo. La besé, y fue uno de los besos más maravillosos de mi vida, llenos de una pasión que en los últimos días había perdido y que, desde que se había ido, creía sepultada sin remedio alguno.

Córdoba es dura e incomprensible para los escépticos.

Me tumbé sobre ella y matamos las horas terminales de la tarde, que empezaba a irse. En esos momentos no importan los minutos, los llamados que puedan estar resonando en un departamento vacío o el calor aplastante que nos golpeará a la salida. Todo se puede postergar, y no existen esas cosas llamadas “compromisos ineludibles”. Para todo hay tiempo, para todo hay excusa. Nunca las 24 horas nos quedan chicas, y las veces que deseamos con fervencia que el día tendría que tener dos o tres horas más es para que podamos seguir haciendo lo que tanto nos gusta, durante dos o tres horas más.

No sé en que momento, hartos de reírnos, recorrernos, besarnos, lamernos, modernos, etcétera, decidimos salir de vuelta a ese infierno que nos volvía anónimos. Lucía diferente y caminamos charlando las pelotudeces de siempre. Las elecciones, la inflación, el estado de las calles. Temas que les importan a los cordobeses. Llegamos al Paseo del Buen Pastor y nos apoyamos de espaldas a los chorros de agua que subían y bajaban, siguiendo de una forma imprecisa e irregular, pero hermosa, los vaivenes sonoros de una obra, que desconozco, pero de indudable belleza.

Acaricié su pelo, donde se detenían algunas gotas de una lluvia invisible, y vi un olvido pronto tanto en sus ojos como en los míos. Teníamos nuestros números, nos habíamos dado la forma en que podíamos encontrarnos, pero algo nos decía que no nos íbamos a volver a encontrar, por mucho más que lo intentáramos.

Córdoba es implacable con los derrotistas.

- Me voy – dijo, con su mano agarrada a la mía y apoyada sobre la baranda. Su mirada seguía iluminante y no pude hacer otra cosa que hacer, mas que dejarla perderse entre la multitud que bajaba hacía la Irigoyen, mientras quedaba solo yo mirando los chorros de agua. Las despedidas resultan ser la peor parte de muchas cosas, porque es en los finales en donde se aprecian los momentos que lo han llevado a uno hasta ahí.

Miré mi mano, y ahí estaba el papel que le había escrito hacía el mediodia. “What looks so strong, so delicate”. Al salir yo, ella me siguió motivada por esa pequeña frase de extraña alegoría. No sé que me impulsó a escribirla, que me movió a dársela, que hizo que todo saliera del modo en que las cosas terminaron saliendo.

Bajo la luz que ilumina estos monumentos, y frente al agua que sube y baja junto a un compás ajeno a estas almas, esas cosas carecen de importancia. Ya habrá tiempo para justificar con sobra los minutos perdidos en esta secuencia errática a la que llamamos días.

Se acercó de vuelta entre la multitud y se apoyó sobre mi brazo. Me miró juguetona, y disparó a quemarropa.

- Me había olvidado de decirte mi nombre.




Keep holding on...

jueves, diciembre 13, 2007

Diario: Día 4 - Mañana

Día 4
Mañana

”I don’t need to believe
every lie you concive”
Depeche Mode – The pain that I’m used to.


Al final, se hizo lunes, mientras contemplaba, durante la madrugada, el amanecer, a través de la vidriosa puerta del departamento. Poco a poco, el mundo se fue despertando y empezó a girar. Yo tarareaba una canción de moda, que se me había pegado de la radio, mientras sorbía con tranquilidad una amarga cerveza, que se había quedado ya sin gas. A mis espaldas, las paredes se teñían de un celeste opaco, en anticipo de la resaca que caería sobre mí un rato después. Cuando me levanté, un ruido de vidrios verdes rodó por el piso y llenó, por un instante, el departamento de vitalidad. Un universo de destellos verdosos iluminaban atisbos oníricos de esperanza.

Al caer sobre el colchón quedé desmayado, a sabiendas que me despertaría destrozado y con un dolor inaguantable.

El teléfono sonó un par de veces antes que al fin pudiese abrir los ojos. Las imágenes se confundían y los ruidos que subían desde el boulevard se confundían con mi voz, el dolor estridente que pujaba dentro de las paredes del cráneo, el pitido del teléfono y el ruido del timbre, que sonaba una y otra vez. Un concierto no apto para personas al borde de un colapso nervioso.

- ¿Qué mierda quiere? – contesté, mientras me apretaba las sienes y trataba de ordenar los burlones y danzantes pensamientos que hacían trabar mi lengua. Una botella casi vacía desparramó los restos apestosos del líquido por parte del piso, mientras giraba dándole aires caleidoscópicos a la habitación.
- Soy yo – respondis... respondió tu voz -. Quería saber como estabas, no has respondido ninguno de mis mensajes estos últimos días.
- No he estado aquí en casa – le dije, mientras la angustia se espesaba en mis venas -. Pero ando bastante bien, dadas las circunstancias. No te preocupes.
- ¿En serio?
- Sí – mentí, mientras buscaba encima del televisor la bendita pastilla para calmar el dolor de cabeza -. Trato de mantenerme ocupado en otras cosas. Ya sabes, trabajando o haciendo algo por el estilo. Tengo que ponerme al día con varios proyectos.
- Sí, estuve leyendo. No has escrito nada estos últimos cuatros días.
Suspiré en forma visible, mientras los blisters de algunas pastillas caían al piso desde la parte superior del televisor.
- No hubo nada sobre lo que escribir.
Silencio del otro lado de la línea.
- Me parecía – dijo (superé el que creía inamovible dijiste) -. Bueno, eso es todo – su voz parecía dolida. ¿O era que necesitaba sentirla dolida? -. Quería saber como estabas nomás – se calló un segundo, supongo que intuyendo una reserva incisiva y adrede de mi parte -. Mira, lamento mucho lo que sucedió, pero...
- No hay drama – interrumpí -. Las heridas se hacen para cerrarlas.

Colgué el teléfono, cortando un reproche que quedó a medias. Encontré el bendito mikesan y lo tomé con un vaso de agua. El aparato debe de haber seguido sonando, pero me encontraba sumergido en el aplastante ruido de guitarras suecas. El celular vibraba en mi bolsillo, pero rehusé a atenderlo. No quería toparme con el reloj ni con ningún mensaje, así que lo reventé contra una foto, que había tomado un tiempo antes y que ahora colgaba encima del sillón.

Bajé a la calle, después de apagar el equipo de música y dejar el teléfono sonando en la sala vacía. El calor era fuerte, aunque el cielo nublado anticipaba una lluvia. No sabía si estar contento o triste por eso. Los días húmedos me ponen de pésimo humor, y no necesitaba cargar con otra excusa para portar una cara de culo aplastante. Por otro lado, no vendrían nada mal una lluvia para que cambiara el ánimo seco y decadente de la ciudad. Hasta las paredes parecían transpirar y en los rostros anónimos que había en las esquinas el deseo de agua latía, casi con fervor debajo de las nubes.

Paré un taxi y me subí encima. Sonreí mientras contemplaba los palitos verdes que conformaban la temprana hora de la mañana. 10:00. ¿Tan poco había dormido? ¿Tan poco me importaba haber dormido tres horas nomás? Palpé mi bolsillo trasero y constaté la presencia de la billetera. Le dije al taxista que me llevara a una dirección céntrica. Eran los primeros días del nuevo año y necesitaba con urgencia dos cosas. Un celular nuevo y una agenda actualizada. Tiempo para los diarios y para dormir habría en casa de sobra, a la vuelta. Córdoba se despertaba, y en ella latía con fuerza una vitalidad a la cual a veces no se ve. Necesitaba empaparme de ella para ver si aún podía darle batalla al cinismo que me amenazaba.

Paré en un café a desayunar algo. Mi estómago se retorcía, pero necesitaba tomar algo caliente para calmar el hígado, el riñón o alguna de las infortunadas tripas, que se empecinaban por hacerme pasar ese momento horrible. Bebí en silencio, mirando por el vidrio las calles atestadas de gente. Jóvenes que se dirigían al colegio o a la facultad, muchachos sumergidos en sus auriculares, hombres y mujeres caminando de aquí para allá, bajo la fría mirada del edificio del Correo.

- Un desierto... Un desierto... – me encontré cantando, despacito, mientras, con una injusticia tiránica, el viento empezaba a desplazar las nubes, dejando espacios celestes por donde empezaba a colarse la luz fuerte de las horas cada vez más cercanas al mediodía. En la radio del bar una voz harto conocida parloteaba sobre las inclemencias del tiempo. Ese discurso que se sabe escuchar, de tanto en tanto, todos los veranos.

Una mujer, ajena a todo, me miraba desde otro lado del lugar. Tomé una lapicera, escribí sobre una servilleta una pequeña frase y se la tendí cuando me iba yendo. Lástima de no haber tenido un celular para anotar algún número

La vida se juega una sola vez, y los suicidas son aquellos que buscan pagar cuanto antes la apuesta.



miércoles, diciembre 05, 2007

Diario: Dia 3

"Die Liebe ist
ein wildes Tier"
Rammstein - Amour Amour


Si Córdoba fuese el infierno, de seguro la muchacha rubia del cartel de aquel negocio de ropa, ubicado a escaso metros de la entrada del edificio donde ando noctámbulo desde las primeras horas de tu partida, sería sin duda alguna el diablo. Basta con mirar su acartonada figura, su cuerpo delimitado por un fondo blanco y contenido a a duras penas por la tinta de la impresión, esa mirada celeste de perdición y el cabello que contornea su perversa sonrisa Incontables deben ser los hombres que se pierden en la fantasía de poseerla tarde o temprano.

Desde hace un tiempo vivo en las cercanías de un mundo demasiado ajeno a mi mirada. Todos los caminos parecen conducir al nudo dispuesto por el azar en la calle que corre debajo de mi departamento. Pueden sentirse a las noches los bocinazos, las frenadas y hasta algunas puteadas con evidente claridad, que harían sonrojar al más vergonzoso. Aquí, treinta metros por encima del asfalto hirviente de las tres de la tarde, siento como el calor me pega de lleno en la cara y como el viento cocina mi piel. No hay piedad en ningun lado, cuando se rompe el aparato del aire. Hay tentaciones por cualquier lugar: el televisor prendido, el aparato de música con una canción histórica (still i wonder: who stops the rain?), la caída y el cartel una esquina más abajo. Siento el murmullo del diablo rondando cerca de mi oído. Una frenada lo enmudece.

Por primera vez en lo que pareció mucho tiempo, pero fueron dos días, logré abrir un libro y dejar de lado estos apuntes, aunque fuera por un rato. Chejov logró que, por unos instantes, desviara mi atención de las letras escritas en formas errantes sobre manchas de diversos tonos y colores. No quiero tener que realizar ninguna corrección, hoy. Necesito desenchufarme un rato de tanta vigilia frente al teléfono que no suena, al mail que no llega o el mensaje que no envías. Ansío recibir una palabra tuya, por más que sea un simple espejismo fatal pendiente en el desierto, sobre una trampa de arena. Pero, de vuelta, la lectura logró abstraerme y, por un momento, mi desdicha fue la de Trepliov y no la mía propia, aunque supiese (y sé) que está en cualquier lado, yaciendo al lado de mi conciencia.

Un día extraño. Lo definiría así. Un calor abrasador, con una humedad espantosa y con el bloqueo impidiéndome escribir. Decidí no hacer poesía de este dolor que me acongoja, porque sería un fruto estéril, producto de una mala maceración, y terminaría por avigrarse. No necesito exponerme al error de escribir recordándote, por más que este cuaderno parece estar dedicado a tu póstumo silencio. Suficiente tengo ya con sufrir... en fin.

No hice otra cosa más que estar en movimiento. Me sentí a gusto pero extraño, en la marea de personas que danzaban por distinas calles sin ningún destino en concreto. Paseé por librerías y negocios de música, buscando discos y algún libro que pudiese considerar decente. Terminé comprando un disco de electrónica y un libro bastante extraño, pero del cual tengo un buen presentimiento. "El Boludo Argentino", se llama, y en la tapa tiene un cartoncito laminado que simula a un espejo. ¿Cómo no identificarme con el título, si al fin y al cabo, todos somos lisos y llanos idiotas de algún modo o forma?

En los diarios no encontré nada relevante, tal voz porque no se identificar una noticia verdadera de un fiasco incognoscible. Me pesan lo mismo la inminente guerra nuclear en Irán como el homicidio de un niño pobre en algún paraje porteño. Y hasta creo que más el segundo, pero no sé. No sé. Todo carece de importancia para las almas vacías, que se mueven ya por inercia.

Comí a la tarde un pedazo de lomo al plato, en la compañía de un amigo, Juan. En estos dos días, últimos en un verano falleciente pero crudo y cruel aún, he recibido en compensación por tu su partida el encuentro con amistades lejanas ya, que parecían perdidas en el recuerdo. Tienen miedo que pueda hacer algo, me confiesa Juan, detrás del vaso descartable cargado de Sprite. Ya sabes, siempre fusite medio tirando a la depresión y todo eso. Son honestos, sinceros hasta la brutalidad, y de esa manera buscan mantenerme lejos de las paredes que me recuerdan a ella, de los titulares donde leo su nombre, de las imágenes en donde encuentro su figura oculta. Y de alguna manera lo logran, porque de haber perdido la cordura no estaría escribiendo estas palabras. Pero, ¿quién sabe?. El loco no sabe que está loco hasta que otro le diagnóstica la locura.

Poco a poco el día fue cediendo, aunque el calor siguió apretando, y las primeras estrellas titilantes me encontraron escribiendo estas palabras que parecen no tener sentido ya. recién salido del baño, con la toalla atada a la cintura, contemplo el manto de luz que sobrevuela Córdoba, mediante mi ventana. Unas luces ya están prendidas y debajo de ellas parece llevarse a cabo la parodia de una vida. Tengo la mente en claro, o así me parece. Puedo ordenar mis pensamientos, manteniéndola lejos de mi cabeza, y escribr algo que pueda pasar como "legible".

Tal vez el bloqueo sea una excusa, y las luces centelleantes de la noche que se despierta sean las puertas para sortearla y dejar atrás este fin de semana colmado de demonios. Un aire fresco se cuela por la ventana y en las nubes hay una esperanza de lluvia. Desde mi balcón eso puede contemplarse, pero no hay ganas de salir a enfrentarse con el mundo. El cansancio me lo impide, aunque tal vez haya otra razón.

Tengo miedo que desde ahí pueda ver al exquisito diablo de la valla de la esquina, empuñando esa sonrisa de seducción pérfida, sostenida por el pástico que apenas la contiene, y que hoy se me hace más sensual y sugerente que nunca.

jueves, noviembre 29, 2007

Diario: Dia 2

Día 2

“had a sign in my hand
cause the time were no good”

The Hives – A little more for little you

Con pereza, después de una noche cargada de horas, pesadillas y destemplanza, logré abrir los ojos y aprestarme para salir adelante, paso a paso, por el resto del día. La habitación me recibió con tu ausencia cínica, de horrores vedados que se anidan en lo profundo del ama, y en el techo dibujaba sombras grotescas, reflejos de una vida que corría detrás de las paredes que daba por sentado durante un tiempo me serían infranqueables. Tomé este cuaderno y redacté las primeras notas de la mañana, ajeno a lo que marcaba el reloj detrás de mí. El silencio contemplaba sobre el calor que se iba amontonando debajo de la puerta.

Escribí un par de boludeces que terminaron tachadas. Ninguna idea terminaba por cerrarme, por muchas vueltas que les buscara, y desistí. Dejé el cuaderno sobre el lugar que ocupaste durante tanto tiempo a mi lado, con un pensamiento que se me venía de fomra recurrente a la cabeza: EL fragmento de una canción que tiempo atrás nos había parecido espléndida y que ahora me resultaba, en particular, desagradable y que, desde tu ausencia, se me hizo presente durante todo este largo día.

Insalvable. La puerta, la pared, las ventanas, el ruido colmando cada rincón, escurriéndose entre añicos amontonados y desparramados a lo largo del todo. Es difícil lograr diferenciar esta tragedia de todas las anteriores, de todos los escollos superados, de tantas mañanas acontecidas; de este mutismo escultural de paredes mudas y pasos resonantes. ¿En que momento el declive de la vida nos llevó a esta posición, conmigo en este lugar muerto y a ti entre ensoñaciones esquivas de noches tormentosas?

Decidí salir y vivir un poco. Tratar de superarte, aunque más tarde me di cuenta que no estoy escribiendo un diario, sino más bien una carta larga, como si estuviese tratando de mantener ese vínculo inexistente que antes nos había unido. ¿Por qué escribir “te” en vez de “le”, por ejemplo? No lo sé. Me siento cómodo hablándote desde esta distancia que ahora pone un mundo de diferencia entre esta persona torturada que estampa su vos sobre el papel y vos, que puede que me leas o no, dentro de días, meses, años de diferencia. Por esa razón, creo, escribo este soliloquio eterno, como si hubiese alguien del otro lado que me estuviese escuchando y fuera capaz de estrecharme en un abrazo, como tantas veces lo habías hecho antes. Tal vez tener tu recuerdo presente y la esperanza de tus brazos son las respuestas.

Son costumbres difíciles de erradicar, las del desolado.

Salí a la calle, prometiéndome no flaquear al cruzar las esquinas donde supimos encontrarnos y perdernos, pero algo dentro de mí sabía que estaba dispuesto a subir escalones, torcer calles y recordar portales, en busca de la nostalgia y a la vez movido por ella. El mensaje de un amigo había sido el catalizador y fui derecho al bar. Derecho, si no se toma en cuenta el laberinto de edificios y pasajes que recorrí con nada más que vos dentro de mi cabeza.

Dios. Tengo que sacarte de encima. ¿Ves porque no sirve de catarsis escribir sobre eso? Para sacarte de encima mediante las palabras debo llevar el dolor al límite difuso de mi piel, sudarlo e impregnar las hojas y el aire con el aroma pestilente del sufrimiento. La única forma de llegar a esa extrema agonía es llorando cada gota y dejarme caer ante tu presencia etérea y onírica. Tengo que liberarme de ti, pero este catalogo de días y torturas es más fuerte de lo que en realidad aparenta.

Me encontré con Alejo en el bar en que nos habíamos citado. Él estaba en la misma desesperada situación en la que yo me encontraba, pero no parecía ser tan urgente, aunque en su cara pude ver ciertas reminiscencias con el hombre amanecido ayer en el espejo de mi casa. Nos estrechamos en un abrazo fraternal y tomamos asiento, detrás de humeantes tazas de café, puestas ahí por las temblorosas manos del mozo. En sus gestos había cierto temor, como si fuéramos presagios de una terrible enfermedad. Yo, en cambio, lo reconocí ya preso de la misma dolencia que cada vez parecía tener más adeptos. Debe ser que en lo rostros de una ciudad tendemos a poner nuestros propios malestares.

Conversamos largo rato y al café terminaron sucediéndoles platos de comida, un par de cervezas y otro café, como postre. La luna se alzaba sobre el perfil iluminado carente de estrellas cuando nos despedimos, ambos dolidos por las tragedias del otro y sufriéndolas sobre nuestras pieles. Las calles estaban curtidas del paso de los autos y enajenaba todo sonido a una mezcla aturdidora, indiferente a cualquier oído. La ciudad estaba muerta bajo la noche que se acontecía.

Volví a casa, preso de la urgencia del agua de la ducha. Todo se estaba convirtiendo en una acto reflejo, excepto las notas tomadas a las apuradas en todo: boletos, servilletas, tapas de cuadernos, hojas de diario, folletos, libros. Incluso mis brazos tenían trazos apenas visibles de letras y palabras, productos de algún aforismo o reflexión de último momento. Pensé en la música que escogería para el primer día de lo que estaba decidido sería el resto de mi vida, aunque cayera ante el defecto impostergable de pensar en ti y en la ausencia que te venera.

Por una ventana abierta a las calles vacías y dormidas del barrio, emergía la voz de Ricardo Arjona entonando una canción melosa, que parecía cargar con una verdad inequívoca y certera. Un tono dulce, femenino, de adolescente lo acompañaba, y podía imaginarme las muescas que hacía enfrente del espejo, moviendo las manos siguiendo el ritmo harto pegadizo. Me acordé de otro abandono similar y pensé en como parecía repetirse todo de vuelta.

Cargado de violencia, suspiré por lo bajo. Eso si que estaba como para cortarse las venas.






The first day of the rest of my life (X)

martes, noviembre 27, 2007

Diario: Día 1

Día 1

“In the neon sing scrolling up an down
i am born again”

Radiohead – Airbag

No haré referencia al hueco vacío que dejaste en la pared de la casa. Al extraño espacio libre de mugre y de cosas donde supieron estar tus libros, tus cds, tu ropa y todo lo demás. No diré nada del vaso con agua un tanto podrida y el plástico resquebrajado donde tu cepillo de dientes, por alguna razón, dejo de bailar esa extraña danza de compañía indolora que llevaba a cabo con el tubo de dientes y con el otro cepillo, el mío. No diré nada de nada, más allá de lo dicho y de lo que intuye el lado izquierdo de la cama, donde aún están las manchas de saliva resecas sobre las sabanas.

Te has ido. Te has llevado todo lo tuyo, excepto el disco que ahora escucho, en parte porque es un discazo, en parte porque era tuyo, en parte porque es el soundtrack perfecto para esta desolación de huellas apenas dibujadas entre el polvo del piso.

No estoy haciendo catarsis con esto. No te creas. Ya he llorado, he implorado, he aceptado la vergüenza y la humillación con tal que te quedaras. Lo había hecho antes y no hubiese cambiado nada que lo hiciera o no de vuelta. Pero, dentro de ese patetismo acto de tozudez, algo dentro de mí decía que tu decisión sería irrevocable. Por eso sé que aún tengo lágrimas por llorar, ruegos que implorar y campos que atravesar arrastrándome sobre vaya uno a saber que inmundicia.

No creas que estoy haciendo catarsis con esta oda al pasado. Esos tiempos han pasado. Ese día fue ayer, y en mis oídos resuenan los gritos desgarradores de la madera quebrándose bajo el peso del hacha cayendo una y otra vez sobre vaya saber que mueble. Trato de no recordar, porque tengo ese veneno maldito corriendo por mis venas, y tengo miedo, en forma de una sensación desconocida, de que el camino sea más largo de lo que se atisba. También llevo la certeza de que así es.

Aún no me he levantado de la cama. Estoy inclinado sobre mi cuaderno de notas, garabateando sobre el papel, esquivando las huellas pesadas y húmedas de las lágrimas. Demasiadas cosas no me cierran, revuelven mis pensamientos y juegan con los haces de luz que entran por la persiana. Es una luz mortecina, de ocaso o de amanecer. De las dos cosas, de una sola. No me importa. Ilumina mis piernas estiradas debajo de las colchas, las almohadas desgarradas y contenidas en mil abrazos, los rastros del lloro, la presencia del dolor.

Te fuiste, y yo sigo aquí, como un espectro imperturbable. Te llevaste todo lo que pudiste en ese momento, incluso hasta algunas cosas mías. Pero eso no importa, porque te olvidaste de algo demasiado importante. Tu sombra. La maldita sigue aquí, estupefacta como yo. Una noche fugaz y errante entre los ecos que rebotan en las paredes del living y del comedor, entre las risas y las discusiones. Quisiera que se fuera, porque no sabe que hacer y se acurruca junto a mi, bajo esta iluminación ensoñadora, para que la cobije. Y eso me cae para las pelotas. Honestamente.

El teléfono suena. ring ring ring ring. Pero no voy a contestarlo. El nudo que tengo en la garganta creo que es imposible de destrabar y va a seguir estar estando ahí un tiempo. ring ring ring ring. El silencio hace que suene con mayor fuerza, como si fuese inexorable y sí o sí tuviera que contestarlo. Puede ser algún amigo, pero en este momento no me siento con las fuerzas como para recibir palabras de aliento, nomás. Necesito un sustento veraz. Algo que me ayude a ponerme de pie y sostenga mi cabeza en alto. Que me de vida. Que me mueva y que me despierte.

ring ring ring ring... clank...

Así suena un teléfono estrellándose contra la pared, mientras la música suspira this is what you get, this is what you get, this is what you get, when you mess with us. Suena clank y un instante después queda callado. Aproveché entonces y fui al baño. Encontré a un desconocido sucio, algo barbudo y con ojeras indescriptibles. Un desecho demasiado humano, al que reconozco como propio. Es sombra, reflejo y esencia.

Ladridos a los lejos. Este día recién empieza en el mundo y para mi parece incluir demasiado finales. No se si podría soportar esta noche que ha llegado durante demasiado tiempo. Pienso en eso y las lágrimas del espejo me conmueve. La canilla suelta el agua que corre hacia el desagüe en una carrera infinita y no queda otra que mirarse, con la furia en los ojos, las venas rugiendo y el cuerpo transformándose ante la derrota.

El mundo sigue su curso y me quiere dejar atrás, preso en las trampas de arena que traman el tiempo y la mente. Las sombras se mueven, se agrandan y se achican. Los objetos cambian su apariencia y quieren enajenar mi alma de esa posibilidad de transmutarse con el paso de las horas. Hay dolor, sí, en cada centímetro de mi ser. Pero bajo la mañana, me doy cuenta que algo más corre por mis venas. Algo más vertiginoso que hace que la lapicera con la que escribo siga a duras penas el ritmo de mi mente, de mi alma, de mi esencia. Algo que se ve surgiendo como una catarata de esperanza entre el hueco limpio, virginal, desdichado de la pared donde había vaya a saber que mierda que te llevaste. Siento que sé el nombre desde el principio de los tiempos, pero que recién ahora despierta. Espero que sea eso lo que me hace mover, entre los pasos desdibujados sobre el polvo y el hedor del abandono.

Espero que sea lo que hace mover a la gente en los tiempos de extrañeza y sinrazón. Espero que lo que late en mis venas no sea veneno, sino la ansiada Euforia.



This is what you get, when you mess with us...